Cuando un nombre no cabe en el alfabeto de otro

 El nombre que no cabe en un alfabeto

Por Isabel Hernández

Cuando alguien llena el formulario para una visa estadounidense y tiene un nombre chino, se topa con un campo que rara vez tiene sentido a primera vista: el "telecode". Ese pequeño requisito burocrático guarda una historia de más de siglo y medio, y sirve para entender algo más amplio: cómo cada lengua resuelve, a su manera, el problema de que un mismo sonido pueda esconder significados distintos.

Un problema de sonido

El chino mandarín es una lengua tonal: la misma sílaba, pronunciada con un tono distinto, corresponde a una palabra distinta. Al transcribir un nombre chino al alfabeto latino —el sistema que se usa para eso se llama pinyin—, esa información tonal casi siempre se pierde en el uso cotidiano. El resultado es que varios apellidos completamente distintos en chino, escritos con caracteres diferentes, terminan viéndose idénticos en un pasaporte: todos son "Wang".

En 1871, cuando el telégrafo llegó a China, este problema se volvió urgente. El telégrafo transmitía el alfabeto latino y números, pero no caracteres chinos. La solución fue asignarle a cada carácter chino un código único de cuatro dígitos, del 0000 al 9999, ordenados según un sistema de diccionario. Así, en vez de enviar un ideograma, se enviaba un número. Ese sistema —el Código Telegráfico Chino, hoy llamado simplemente "telecode"— sobrevivió al telégrafo mismo. El aparato desapareció hace décadas, pero bancos, aduanas y autoridades migratorias lo siguen usando hoy, porque resuelve exactamente el problema con el que empezamos: saber con certeza qué carácter, y por tanto qué nombre, corresponde a cada "Wang".

El mismo problema, al revés, en japonés

El japonés tiene una versión distinta del mismo dilema, y compararla ayuda a ver el problema con más claridad. En japonés, los nombres se escriben normalmente con kanji, los caracteres de origen chino. El japonés también cuenta con un sistema fonético propio, el hiragana, que forma parte de la escritura cotidiana desde siempre —no es una transcripción externa como el pinyin, sino una pieza más del sistema de escritura japonés.

Ahí está la diferencia. En chino, el problema es que el sonido pierde el tono al pasar al alfabeto latino. En japonés, el problema es que dos kanji distintos —dos nombres reales y diferentes en japonés— pueden compartir exactamente la misma lectura fonética. Una persona llamada, por ejemplo, con un kanji que se lee "Kei", puede tener una homónima cuyo nombre se escribe con un kanji distinto pero se lee exactamente igual. Si ambos nombres se transcriben con el alfabeto latino, o incluso con hiragana, la diferencia desaparece por completo: son la misma secuencia de sonidos, pero nombres distintos en la mente y en la identidad de quien los lleva.

Durante siglos, Japón resolvió esto de la manera menos sistemática posible: preguntando. Si hacía falta precisión, se preguntaba directamente con qué kanji se escribía el nombre. No hubo una presión tecnológica externa —como el telégrafo occidental para China— que obligara a estandarizar una solución numérica. La ambigüedad simplemente se toleró.

Solo hasta hace muy poco, entre 2023 y 2025, Japón empezó a exigir por ley que el registro civil (el koseki, el documento familiar oficial) incluya la lectura fonética junto al kanji de cada nombre. No es un código de identificación como el telecode chino; es un intento de estandarizar, en la era de las bases de datos digitales, algo que durante siglos se resolvió cara a cara.

Dos soluciones, un mismo origen

Ambos casos parten del mismo punto: una lengua cuya escritura no es alfabética —o cuya riqueza fonética no cabe del todo en un alfabeto ajeno— se enfrenta a sistemas de identificación, burocracia o tecnología diseñados sin pensar en ella. El chino resolvió el problema hace más de cien años, empujado por la urgencia del telégrafo. El japonés apenas empieza a resolverlo, empujado por la urgencia, más silenciosa, de la digitalización.

Ninguna de las dos soluciones fue perfecta ni definitiva. Pero ambas dejan una misma lección para quien piensa en lenguas: los problemas de comunicación no siempre son de vocabulario o de gramática. A veces son, simplemente, de si un sistema fue diseñado —o no— pensando en ti.


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