De tin marín: la rima que nos elige desde hace siglos

De tin marín — El azar como contrato social

Cultura · Lengua · Infancia

De tin marín:
el azar como contrato social

Una rima sin sentido que no necesita tenerlo. Lo que las palabras inventadas, el ritmo y la voz colectiva nos dicen sobre cómo los seres humanos —desde siempre— necesitamos que alguien más decida a quién le toca.

Intenta recordar cuándo aprendiste "De tin marín de do pingüé." Probablemente no puedas precisarlo. No hay un día, no hay una maestra, no hay un libro. Simplemente estaba ahí, en el patio, en la boca de alguien más grande, y de pronto ya era tuya también.

Porque "De tin marín" no es solo una rima. Es una solución al problema más incómodo de la vida en grupo: ¿a quién le toca?

El nonsense como garantía de justicia

La pregunta obvia es: ¿por qué las palabras no tienen sentido? Cúcara mácara títere fue no significa nada en ningún idioma rastreable. Y sin embargo, funcionan. Mejor dicho: funcionan precisamente porque no significan nada.

Si la rima dijera algo concreto —si nombrara cualidades, defectos, características— abriría la puerta al debate. Alguien argumentaría que la descripción no aplica, que no es justo, que hay que empezar de nuevo. El nonsense clausura esa posibilidad de raíz. No hay nada que discutir porque no hay nada que entender. La opacidad del lenguaje es, paradójicamente, su mayor fortaleza como árbitro.

Por eso los dados, las monedas y los sorteos tienen tanta autoridad moral: su resultado no puede ser interpretado. No contiene mensaje. Y lo que no contiene mensaje no puede ser manipulado —o al menos eso creemos, que en este contexto es lo mismo. "De tin marín" opera con esa misma lógica: es un dado hecho de sílabas.

México · Centroamérica De tin marín de do pingüé,
cúcara mácara títere fue,
yo no fui, fue Teté,
pégale, pégale, que ella merita fue.

En inglés, eeny meeny miny moe acumula sílabas igualmente vacías. En francés, am stram gram es casi percusión pura. En italiano, ambarabà ciccì coccò suena entre encantamiento y onomatopeya. Ninguno puede ser "descifrado" porque no hay cifra. La humanidad, en culturas y siglos distintos, llegó a la misma solución: el absurdo es justo. El significado, sospechoso.

Yo no fui: la externalización del juicio

Hay un giro en la rima que merece atención especial porque es, filosóficamente, el más inquietante. Después del conteo —después de que el azar ha señalado a alguien— la voz de la rima no simplemente anuncia el resultado. Se defiende.

"Yo no fui, fue Teté." ¿Quién habla ahí? No es el niño que recita: es la rima misma, o algo que habla a través de ella. Una voz anónima y colectiva que se apresura a aclarar que la decisión no la tomó nadie en particular. Fue el sistema. Fue el azar. Fue la secuencia imparable de sílabas.

La rima no elige: la rima ejecuta. Y quien ejecuta no es responsable.

Este mecanismo es más adulto de lo que parece. Los humanos llevamos milenios transfiriendo la responsabilidad de las decisiones difíciles hacia afuera: los oráculos, el I Ching, el tarot. Todas son tecnologías distintas para el mismo problema: necesitamos que algo más lleve el peso de elegir. "De tin marín" es la versión lúdica y popular de ese impulso. Los niños no aprendieron este comportamiento de los adultos; lo reinventaron solos.

¿Qué tan distintos somos cuando, de adultos, decimos "lo eché a la suerte" o "tiré una moneda"? El mecanismo es idéntico. Lo que cambia es que ya no lo llamamos juego.

El ritmo como ley, y como trampa

El ritmo de "De tin marín" es la ley. Pero también puede ser la trampa.

Cualquiera que haya sido niño —o que haya observado a niños jugar— sabe que el que recita tiene poder. Un cambio mínimo en el tempo, una sílaba ligeramente alargada o acortada, puede desplazar el dedo señalador de un compañero a otro. La rima promete neutralidad; la ejecución, en manos humanas, puede negársela sin que nadie pueda probarlo.

Esto no hace a la rima fraudulenta. La hace humana. Los dados pueden estar cargados. Los algoritmos tienen sesgos. Y "De tin marín" puede recitarse un poco más despacio cuando conviene. Los niños lo saben, y sin embargo siguen confiando en la rima, porque el costo de cuestionarla —desintegrar el grupo, detener el juego— es mayor que el costo de una pequeña injusticia. La rima, incluso cuando es imperfecta, mantiene la paz.

Una rima que sobrevivió sin escribirse

Durante siglos, "De tin marín" no existió en ningún papel. Ningún maestro la enseñó formalmente, ningún currículo la incluía. Se transmitió de boca en boca, de generación en generación, modificándose levemente en cada trayecto —Teté se vuelve Juan, Juan se vuelve Andrés— sin perder su estructura esencial. Eso es tradición oral en su forma más pura: un texto vivo que muta para sobrevivir.

Y entonces llegó internet. Y algo extraño pasó: la rima no murió, pero cambió de naturaleza. Hoy los niños pueden escucharla en YouTube, verla en memes, encontrarla transcrita en blogs. La variante "correcta" —si es que esa categoría tiene sentido aquí— tiende ahora a uniformarse. El niño en Ciudad de México y el niño en Guatemala Ciudad tienen acceso a las mismas versiones. La variación regional, que era un síntoma de vida oral, comienza a reducirse.

¿Es esto una pérdida? Depende de lo que valoremos. Si lo que importa es la función —seleccionar alguien al azar de manera lúdica— la rima sigue cumpliéndola igual de bien. Si lo que importa es la textura cultural, la identidad local inscrita en cada pequeña diferencia de palabras, entonces algo se erosiona. La rima que sobrevivió sin escribirse durante siglos ahora enfrenta un riesgo nuevo: la fijación. Quedar congelada en la versión que más vistas tuvo en plataformas digitales.

Hay algo que ninguna plataforma ha podido digitalizar del todo: el momento físico de la rima. Los niños en círculo, el dedo que se mueve, la anticipación, la risa o el quejido cuando el dedo se detiene. Eso sigue ocurriendo en los patios. Y mientras ocurra, la rima seguirá siendo lo que siempre fue: no un texto, sino un evento.

Lo que una rima sin sentido nos dice de nosotros

"De tin marín" tiene quizás cuatro siglos de antigüedad, quizás más. Ha sobrevivido guerras, colonizaciones y revoluciones. Ha cruzado océanos en la memoria de migrantes. Se ha adaptado a nombres nuevos, a acentos nuevos, a patios que sus primeros recitadores no hubieran podido imaginar.

Sigue ahí porque resuelve algo que nunca ha dejado de ser un problema: la incomodidad de elegir, de señalar, de hacer recaer sobre alguien el peso de una decisión. Con palabras que no significan nada nos dice algo que entendemos perfectamente: que a veces es mejor que decida el universo. O algo que suene suficientemente parecido.

¿Cuándo fue la última vez que tiraste una moneda, o dejaste que el azar tomara una decisión que tú no querías tomar? Probablemente no fue hace tanto. El niño que recitaba cúcara mácara títere fue en el patio sigue ahí, operando con la misma lógica: si lo decide algo más grande que yo, yo no fui. Fue el azar. Fue tete.

Tradición oral · Patrimonio cultural inmaterial · Rimas de selección
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