Cuando corregir demasiado impide aprender español
Perfeccionismo encubierto en la enseñanza de ELE: cuando la corrección constante excluye
En la enseñanza de español como lengua extranjera (ELE), la corrección ocupa un lugar central. Se asume que señalar el error de inmediato evita la fosilización y acelera el progreso. Sin embargo, en la práctica de aula aparece un fenómeno menos visible: el perfeccionismo encubierto. No se presenta como rigidez, sino como rigor. No se declara como exclusión, sino como exigencia académica. Y, sin embargo, puede erosionar la participación y el vínculo, dos condiciones indispensables para la adquisición.
Error y adquisición: una relación estructural
Desde la perspectiva de la adquisición de segundas lenguas, el error no es un accidente marginal sino un indicador de hipótesis en construcción. La interlengua se reorganiza a partir de la producción, del contraste y del ajuste progresivo. Sin producción imperfecta no hay contraste posible. Sin contraste no hay reorganización. Por ello, reducir drásticamente el error visible no siempre equivale a aumentar el aprendizaje real.
La creencia de que toda forma incorrecta debe corregirse de inmediato responde a un temor legítimo: la fosilización. No obstante, la evidencia en aula muestra que no todo error se estabiliza y que no toda corrección inmediata garantiza modificación. La adquisición es acumulativa, sensible a la frecuencia, al input significativo y a la necesidad comunicativa sostenida en el tiempo.
Corrección inmediata y ansiedad comunicativa
En contextos de alta corrección, la interacción puede transformarse en evaluación continua. Cuando cada intervención es susceptible de interrupción, el foco del estudiante se desplaza del significado a la vigilancia formal. Este cambio no es menor: la ansiedad comunicativa interfiere en la fluidez, reduce la complejidad sintáctica y favorece estrategias de evitación.
En cambio, cuando la intervención docente prioriza la escucha atenta y selecciona estratégicamente qué, cuándo y cómo corregir, suele observarse un aumento del volumen de producción. Aunque persistan errores morfosintácticos, la participación se sostiene. Y sin participación no hay práctica suficiente para que el sistema lingüístico se ajuste.
La cuestión, entonces, no es si corregir o no corregir, sino cómo regular la retroalimentación para no convertir la clase en un espacio de control permanente.
Perfeccionismo encubierto y exclusión pedagógica
El perfeccionismo encubierto opera cuando la precisión se convierte en condición de legitimidad para hablar. Bajo esta lógica, solo quien produce con alto grado de corrección tiene pleno derecho a participar. Este estándar no solo filtra el desempeño lingüístico, también selecciona perfiles emocionales y cognitivos: estudiantes con alta tolerancia a la frustración y baja reactividad a la evaluación.
En un aula diversa, esta selección tiene consecuencias. Estudiantes con mayor sensibilidad a la corrección, con procesamiento más lento o con trayectorias previas de fracaso escolar pueden optar por reducir su participación. El resultado no es necesariamente abandono explícito, sino retirada progresiva: menos intervenciones, menor riesgo, uso recurrente de la lengua materna como refugio.
Desde esta perspectiva, la intolerancia a la imperfección no es neutral. Puede convertirse en un mecanismo de exclusión estructural dentro del propio proceso de enseñanza.
Participación antes que precisión
Un enfoque profesional en ELE no renuncia a la precisión, pero la sitúa en una secuencia adecuada. Primero se consolida la participación y la seguridad interactiva. Después se intensifica la atención a la forma. Esta jerarquización no implica bajar estándares, sino reconocer que la automatización gramatical requiere volumen de uso y estabilidad emocional.
Cuando el aula se configura como espacio seguro, la lengua deja de percibirse como amenaza y aumenta la disposición a experimentar con estructuras nuevas. La mejora puede ser gradual, incluso discreta, pero es sostenible. A largo plazo, un hablante que participa con errores progresa más que un hablante potencial que permanece en silencio para evitar equivocarse.
Hacia una cultura pedagógica que tolere la variabilidad
Aceptar la imperfección no significa celebrar la imprecisión ni renunciar a la norma. Significa reconocer que la variabilidad es constitutiva del aprendizaje y que la competencia comunicativa no depende exclusivamente de la corrección formal inmediata. También implica asumir que la interacción es bidireccional: escuchar, negociar significado y ajustar expectativas forman parte de la competencia comunicativa de todos los interlocutores.
En la enseñanza de ELE, sostener la participación es una decisión didáctica y ética. La pregunta no es únicamente cómo evitar la fosilización, sino cómo evitar la exclusión. Un aula que tolera la imperfección como fase necesaria amplía el acceso a la lengua. Un aula que convierte cada error en marcador de insuficiencia puede reducir el número de hablantes activos.
La precisión importa. Pero sin vínculo y sin participación, la precisión no se consolida.
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